"El Peso de Las Miradas", por Isabel Engó

¿Por qué el cuerpo de las mujeres parece estar siempre bajo la mirada de los demás? En esta reflexión, Isabel Engo nos invita a cuestionar los comentarios, expectativas y juicios que recaen sobre las mujeres desde la infancia hasta la madurez, y a construir una forma de mirar basada en el respeto, la empatía y la libertad.

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Mujeres Afro (en) Canarias

8/1/20265 min read

A smiling young woman with curly hair sitting at a radio station desk with a microphone and headphones.
A smiling young woman with curly hair sitting at a radio station desk with a microphone and headphones.

Hoy abrimos este espacio a la voz de Isabel Engó, nacida en Las Palmas de Gran Canaria con raíces en Guinea Ecuatorial, un país que ocupa un lugar en su identidad. Isabel es maestra de Educación Primaria y estudiante de Periodismo, dos vocaciones que le permiten unir su pasión por la enseñanza y la escritura. Isabel cree profundamente en el poder de la educación para transformar vidas y en la palabra como herramienta para comprender y expresar el mundo. Dedica parte de su tiempo a investigar la cultura bantú de África Central, especialmente la etnia Fang, un ámbito que le apasiona y del que disfruta aprendiendo cada dia. Se considera una persona con una inquietud constante por aprender, comprender el mundo y descubrir todo aquello que enriquece su forma de pensar y de vivir. 

A través de "El peso de las miradas", Isabel nos invita a reflexionar sobre cómo los comentarios, los juicios y las expectativas sociales terminan moldeando la forma en que las mujeres habitamos nuestros cuerpos. Isabel comparte un texto que no pretende ofrecer respuestas cerradas, sino despertar preguntas que merecen ser compartidas.

" Hay una pregunta que lleva mucho tiempo rondando mi cabeza y que, sinceramente, todavía no he conseguido responder: ¿por qué las miradas se sumergen tanto en el cuerpo de las mujeres?

¿Por qué siempre hay una crítica? ¿Por qué siempre hay una etiqueta? ¿Por qué parece que el cuerpo de una mujer nunca deja de ser un espacio sobre el que todo el mundo cree tener derecho a opinar?

Da igual la etapa de su vida. Cuando es una niña, alguien dice que es demasiado alta o demasiado baja. Cuando llega la adolescencia, aparecen los comentarios sobre si ha cambiado mucho, si está muy delgada o si ha cogido peso. En la juventud se espera que tenga un cuerpo concreto. Si es madre siendo joven, aparecen nuevas opiniones. Si es madre con más edad, también. Cuando llega a los treinta, a los cuarenta o a los cincuenta, las críticas no desaparecen; simplemente cambian de forma.

Parece que siempre existe un bote que nunca deja de llenarse de comentarios sobre el cuerpo de las mujeres. Y me pregunto: ¿por qué?

Lo que más me llama la atención es que muchas veces esas críticas no solo vienen de los hombres. También vienen de nosotras mismas. Entre mujeres nos regalamos menos halagos de los que deberíamos y, en cambio, compartimos demasiadas observaciones que no nos hacen crecer.

“He notado que has engordado un poco.” “Se te está oscureciendo la piel.” “¿Por qué llevas el pelo así?” “Creo que te has hecho algo en la cara.” “Deberías cuidarte más.” Son frases que parecen pequeñas, incluso inofensivas, pero tienen un peso enorme. Porque las palabras no desaparecen cuando termina la conversación. Se quedan dentro. Y entonces ocurre algo que pocas personas ven.

Una mujer llega a su casa. Se coloca delante del espejo. Se mira desnuda, no solo físicamente, sino también emocionalmente. Empieza a recorrer con la mirada cada parte de su cuerpo y, casi sin darse cuenta, comienza a repetir las palabras que alguien le dijo. Lo que antes era un comentario ajeno acaba convirtiéndose en un pensamiento propio.

Y así nacen las inseguridades.

Empieza a creer que su cuerpo no es suficiente. Que debería parecerse a otro. Que tendría que cambiar para ser aceptada. En algunos casos, esa presión termina llevando a decisiones desesperadas: procedimientos estéticos sin reflexión, dietas extremas, el consumo de sustancias perjudiciales o una lucha constante contra el espejo. Todo por alcanzar un ideal que la sociedad presenta como si fuera la única forma válida de existir.

Y me pregunto otra vez: ¿por qué una mujer siempre tiene que recibir algún tipo de crítica?

Hay una frase que escuché hace tiempo y que todavía me cuesta comprender: “Una madre no debería tener ese cuerpo.” ¿Y cuál debería tener? Una madre acaba de atravesar uno de los procesos más extraordinarios que puede vivir un ser humano. Su cuerpo ha creado vida. Ha cambiado física, emocional y cognitivamente. Está aprendiendo a conocerse de nuevo mientras también aprende a conocer a su bebé. Está reconstruyéndose.

¿Por qué, en lugar de reconocer ese esfuerzo, decidimos juzgar el aspecto de su cuerpo?

Quizá hemos olvidado que un cuerpo no es un adorno. Es una historia. Es memoria. Es salud. Es fortaleza. Es vida. Me duele pensar que muchas mujeres viven intentando cumplir expectativas que nunca terminan. Porque cuando consiguen una, aparece otra nueva. Parece que siempre hay algo que corregir.

Pero yo no quiero mirar a las mujeres de esa manera.

A mí me encanta ver a una mujer siendo ella misma. Me encanta verla caminar con seguridad. Me encanta cuando sonríe sin pedir permiso. Me encanta cuando decide cómo quiere vestir, cómo quiere peinarse y cómo quiere vivir sin sentir que debe justificar cada decisión.

Me encanta cuando una mujer ama su cuerpo tal y como es. Con sus fortalezas. Con sus cicatrices. Con sus cambios. Con sus imperfecciones, porque también forman parte de su belleza.

Recuerdo una enseñanza muy presente en mi cultura. Se dice que una mujer es, al mismo tiempo, niña, hija y madre, y que debe ser cuidada y respetada porque en ella habita el conocimiento. No solo porque da vida, sino porque sostiene, educa, transmite y construye comunidad. Se dice que toda la familia y todo el clan tienen la responsabilidad de protegerla y tratarla con dignidad.

Son palabras muy bonitas.

Pero muchas veces siento que esas palabras se quedan en la tradición y no llegan a la práctica. Porque seguimos viendo cómo las mujeres son juzgadas por su cuerpo, por su actitud, por hablar con seguridad, por ocupar espacio, por envejecer, por ser madres o por decidir no serlo.

Y vuelvo a preguntarme por qué.

Quizá no encuentre nunca una respuesta definitiva. Pero sí sé una cosa, necesitamos empezar a hablar de otra manera, necesitamos que nuestras palabras construyan en lugar de destruir. Que cuando miremos a otra mujer no busquemos aquello que creemos que le falta, sino todo lo que ya tiene.

Tal vez la verdadera revolución no empiece en el cuerpo, sino en la mirada, porque el problema nunca ha sido el cuerpo de las mujeres. El problema ha sido la forma en que hemos aprendido a mirarlo. Ojalá llegue el día en que dejemos de vivir pendientes de cumplir expectativas ajenas para empezar a vivir en paz con quienes somos. Porque sobrevivir al día ya es suficientemente difícil como para cargar, además, con el peso de una crítica constante.

¿Por qué no queremos estar en paz? ¿Por qué es tan difícil aceptar a una mujer tal y como es? ¿Por qué cuesta tanto comprender que la belleza no necesita permiso y que el respeto no debería depender de una talla, de una edad, de un embarazo o de una apariencia?

Yo seguiré haciéndome esas preguntas.

Y mientras no encuentre todas las respuestas, elegiré algo mucho más importante: mirar a las mujeres con admiración, con respeto y con humanidad.

Porque cada mujer merece sentirse libre de habitar su cuerpo sin miedo a la mirada de los demás".

Desde MAFROCAN creemos que las palabras y las miradas también construyen realidades. Por eso compartimos reflexiones como la de Isabel Engo, que nos invitan a cuestionar aquello que hemos normalizado y a construir una forma de mirar más respetuosa, más empática y más libre.

Illustration of a woman facing body shaming comments and judgment from a crowd about her appearance.
Illustration of a woman facing body shaming comments and judgment from a crowd about her appearance.