Detrás de la cámara: la mirada de Rafaella Ribeiro en Mami Wata Fest

La fotógrafa Rafaella Ribeiro comparte su experiencia detrás de la cámara en Mami Wata Fest 2026. Un relato íntimo sobre memoria, comunidad, afrodescendencia y la capacidad de la fotografía para conservar los encuentros que transforman y nos recuerdan quiénes somos.

ARTÍCULOS

Mujeres Afro (en) Canarias

7/16/2026

Black and white portrait of a woman with voluminous curly hair and face-framing braids.
Black and white portrait of a woman with voluminous curly hair and face-framing braids.

Hay personas que participan en un festival desde el escenario. Otras lo hacen desde el público. Y hay quienes, con una cámara entre las manos, consiguen detener el tiempo para que podamos volver a él una y otra vez.

En Mami Wata Fest 2026, esa mirada fue la de Rafaella Ribeiro

Antes de compartir su experiencia, queremos dejar que la mujer que estuvo detrás de la cámara se presente:

"Soy Rafaella Ribeiro, brasileña, fotógrafa, creativa, productora cultural. Vivo en Tenerife desde hace casi nueve años y es desde esta isla donde sigo construyendo una mirada profundamente atravesada por la maternidad, la diáspora, la identidad y la fuerza del colectivo.

Fui madre con 17 años y durante mucho tiempo pensé que ese era el único lugar desde el que podía contar mi historia. Empecé registrando nuestra vida y, casi sin darme cuenta, encontré en la cámara una forma de volver a reconocerme, contar historias y mirar el mundo con esa curiosidad casi infantil que todavía me acompaña.

La fotografía creció conmigo mientras yo aprendía a encontrar mi lugar en el mundo, quizás por eso sigo fotografiando. Para guardar memoria, celebrar lo que tantas veces queda fuera del relato y recordar que hay encuentros que merecen seguir emocionándonos mucho después de que terminen".

Cuando las fotografías vuelven a hablar

"Siempre digo que el lado más bonito de la fotografía es esa capacidad que tiene de llevarnos de vuelta a lo vivido, como una especie de cápsula del tiempo. Basta abrir una carpeta, detenerse unos segundos delante de una imagen y, de repente, el cuerpo recuerda detalles que la memoria sola no alcanzaría.

Eso me pasó editando las fotografías del fin de semana que viví en el MAMI WATA AFROFEST 2026. Volví al reportaje del festival y a esta pequeña sesión de fotos improvisada que hice con las chicas que se atrevieron a intercambiar conmigo delante de la cámara, y sentí una alegría bonita, de esas alegrías que llegan despacito, se quedan un rato y se transforman en reflexión.

Una de las primeras cosas que pensé fue que algo ocurre cuando se da la posibilidad de encontrarnos entre las nuestras. El cuerpo se ablanda, la risa sale más fácil y el tiempo desacelera porque, por un momento, dejamos de estar explicándonos. Simplemente podemos existir.

Durante dos días sentí algo muy sencillo y, al mismo tiempo, muy difícil de encontrar. Compartí códigos muy familiares para mí, esa manera parecida de entender lo colectivo, esa sensación de estar en casa aunque esté a kilómetros de la tierra que me vio nacer.

Despertamos con música, bailamos libres, cocinamos juntas, reímos alto, soñamos mundos posibles, compartimos la mesa y nuestras historias de vida mientras cada persona encontraba su lugar de forma orgánica y horizontal dentro de ese engranaje.

Ahí entendí por qué aquel encuentro me estaba emocionando tanto.

Creo que una de las cosas que más me conmovió fue saber que todo aquello había sido imaginado, construido y sostenido por mujeres negras y por una comunidad profundamente diversa. Madres, bolleras, creyentes, personas disidentes, artistas, activistas y tantas otras formas de habitar el mundo que hicieron del encuentro, del arte y de la fiesta una manera de organizarse, de pertenecer, de entender la comunidad y de habitar las islas.

Para mí, esa fue la semilla más bonita que me llevé de Lanzarote. La posibilidad real de imaginar otros mundos y, por unos días, habitarlos. Entendí desde la experiencia algo que siempre me había atraído del afrofuturismo, la posibilidad de proyectar futuros para la diáspora desde la dignidad, la creatividad y la libertad, dejando atrás las narrativas coloniales que durante tanto tiempo han intentado definirnos.

Todo eso estaba ocurriendo delante de mis ojos.

Vi a les niñes correr entre conciertos, talleres y conversaciones. Nadie les apartaba para que el evento pudiera suceder. Elles también eran parte de él. Jugaban, observaban, aprendían, hacían preguntas, se dormían en brazos de alguien y volvían a despertar con música alrededor, creciendo rodeades de referentes que se parecían a elles y entendiendo desde muy pequeñes que era posible ocupar espacios desde el centro de la historia.

Vi a jóvenes compartiendo espacio con nuestras mayores. Vi la sabiduría pasando de unas manos a otras. Vi artistas compartiendo su inmenso talento con una generosidad que solo nace cuando una crea sabiendo que está entre las suyas.

Por unos días, Lanzarote dejó de ser solamente la tierra de los volcanes. Se convirtió en un oasis de nuevas narrativas escritas por nosotras.

De todos los proyectos que he fotografiado desde que vivo en Canarias, este ha sido uno de los más especiales. No solo por las imágenes que me llevo, sino porque me recordó algo que necesitaba recordar. Que seguimos siendo capaces de construir lugares donde existir y que la celebración también es una forma de resistencia.

Gracias por abrir ese espacio y por permitirme formar parte de él. Ojalá estas fotografías consigan guardar, aunque sea un poquito, toda la belleza que habitó aquellos días. FÉ NA FESTA."

🤎 Desde MAFROCAN

Creemos que la fotografía no solo documenta lo que ocurre; también construye memoria, preserva emociones y nos permite volver a los lugares donde fuimos felices.

Las imágenes de Rafaella Ribeiro nos recuerdan que Mami Wata Fest fue mucho más que un festival. Fue un espacio donde la comunidad afrodescendiente pudo encontrarse, reconocerse y proyectar otros futuros posibles desde la alegría, la creatividad y el cuidado mutuo.

Gracias, Rafaella, por ayudarnos a conservar esa memoria y por enseñarnos que, a veces, la cámara también puede convertirse en un acto de amor.

Porque las historias que contamos sobre nosotras mismas también construyen el mundo que queremos habitar.